ABC y los 'Peros' del 'Estatut'

Por Narrador - 11 de Octubre, 2005, 5:43, Categoría: Texto de la Propuesta de 'Estatut'

Más visiones bastante ajustadas. Les recomiendo especialmente el artículo de Martín Ferrand.

ABC

Sábado, 1 de Octubre de 2005

Libertades, identidad y «estatut»

Valentí Puig

Al Estatuto algo elefantino y florido que sale del parlamento autonómico de Cataluña le pueden ir bien unas sesiones de podado y liposucción en el Congreso de Diputados. Al fin y al cabo, si se nos recuerda a cada instante que no hay que sacralizar la Constitución, tampoco tiene por qué ser intocable esta proposición de ley orgánica de reforma del Estatuto de autonomía de Cataluña que pronto entrará a trámite en las Cortes y luego será sometida a referéndum. En la intención redactora de este nuevo «Estatut», el lenguaje pasa implacablemente del autonomismo al soberanismo. En paralelo se procede a la construcción virtual de un entusiasmo: ayer, después del voto afirmativo, la gran mayoría política y mediática se manifestaba como si ya existiese un nuevo Estatuto y fuese insignificante el proceso que le espera. De hecho, se divisa un proceso sustancial. El presidente del Gobierno, Rodríguez Zapatero, sabe bien que tiene entre manos un Estatuto que deliberadamente rebasa no pocas veces el larguero de la constitucionalidad. Veremos hasta qué punto le importa.

Hace años, Pasqual Maragall abogó por una mayoría de socialistas y nacionalistas moderados -quién sabe si se refería a ERC- en el Parlamento español «conduciendo una evolución constitucional y estatutaria sin pausa hacia el cumplimiento del proyecto catalán y el de todos y cada uno de los pueblos de España, empezando por el pueblo vasco: todo lo demás son quimeras en dirección contraria al sentido de la historia». Después de un siglo XX que ha significado el descrédito total de los determinismos, Maragall cree todavía en «el sentido de la historia». Es un sentido unívoco, no exactamente secesionista, porque Maragall es un regeneracionista, pero muy aficionado a los experimentos políticos. El tripartito catalán fue uno de esos experimentos, impuesto por el deber de sobrevivir. El Estatuto es otro.

Con distinto poso político y otra educación sentimental, Rodríguez Zapatero tuvo también la conveniente visión de un experimento: una holgada reforma del Estatuto catalán le iba a permitir ser quien zanjase la cuestión del País Vasco. Aseguró que aceptaría todo, tal cual, lo que le llegase de Cataluña. Había tenido una premonición de su futuro cuando se asomó al balcón de la Generalitat el día en que el tripartito concelebró su pacto de gobierno. Incluso compartir poder con ERC le resultaba una carga leve porque la misión futura iba ser mucho más provechosa. Maragall y Zapatero se situaban en el sentido de la historia, o dicho en términos indeterministas, con el viento en popa. Lo llamaron constitucionalismo evolutivo. Maragall escribía en su «Carta abierta a José Luís Rodríguez Zapatero»: «El nuevo federalismo, o como le llamamos tú y yo, la España plural, está a punto». Con estos precedentes, es comprensible que desde entonces algunos recelen de la expresión «España plural».

Contra el PP, Maragall argumentaba que al catalanismo -incluso al catalanismo de derechas- le conviene más la visión que de España tiene la izquierda. Lo que ocurre es que a estas alturas catalanismo y Cataluña no tienen por qué ser lo mismo, como se ha visto en el debate estatutario, ensimismado en parcelaciones y contraprestaciones partidistas, desatento a la realidad de una opinión pública ajena en porcentajes muy elevados a la idea de un cambio estatutario. Es más, por parte de la izquierda del tripartito, el determinismo y la dirección unívoca prevalecían en todo momento sobre el valor de la elección individual. En el caso de los apartados estatutarios dedicados a la enseñanza, es constatable que pesaban mucho más los derechos de la nación catalana que el derecho de los padres a elegir libremente qué educación quieren para sus hijos. A última hora eso se solventó de forma ambiguamente salomónica, pero es significativo que el catalanismo «laico» de Maragall -eso sí, aliado al secesionismo republicano y al eco-comunismo- diera por sentado algo que le hubiese echado en cara al nacionalismo esencialista: más identidad, menos libertad. El catalanismo, que según algunos historiadores fue históricamente un factor para la modernización de España, hoy pretende modelarse según una norma estatutaria de carácter marcadamente intervencionista. En el momento en que la Unión Europea no sabe cómo desregularse, el nuevo Estatuto sería un elemento de inflexibilización reguladora. Al final, parecen contar más los derechos de la nación germinal que los derechos del individuo.

Ayer, en un discurso notablemente confuso, el presidente de la Generalitat reiteró su tesis de que al hacerse real la España plural Cataluña ya no será un mero espectador, y jugará fuerte la carta de España: no de otra manera llegará la pacificación del País Vasco. Si esas eran las intenciones, tengamos en cuenta que el infierno está empedrado de buenas intenciones, como la mala literatura. Puede recordarse que, para torpedear a un PP que iba a ganar las elecciones generales, Maragall pidió un Estatuto que ahora va a sacarle los colores a un Rodríguez Zapatero que, con el apoyo parlamentario de ERC e IU, llegó al poder después del 11-M. También pone en situación de incomodidad todo un sistema de convivencia avalado por lo que significaron la transición democrática y la Carta Magna de 1978. La dislocación se sustancia ya en el artículo primero de la propuesta estatutaria: define Cataluña como «nación». Gaziel dijo de la historiografía nacionalista de Cataluña que más que una historia estricta es la historia del «Sueño de Cataluña», el sueño que inevitablemente se invoca en el calenturiento preámbulo del nuevo Estatuto, si nadie lo remedia. Es curioso que, cuando más intrincada era la negociación entre el tripartito y CiU, lo que más preocupaba a Pasqual Maragall era la entidad literaria del preámbulo. De eso sabe algo Giscard.

Previamente al desatasco de la negociación respecto a enseñanza y financiación, CiU y Maragall se aproximaron al cuajar un pacto que ayer parecía escondido en un cajón secreto del secreter familiar: Maragall se compromete a no convocar elecciones anticipadas tras la aprobación el Estatuto en las Cortes o hasta que los partidos catalanes votantes del cambio estatutario pacten, si acaso, la retirada de tal Estatuto. Ese «quid pro quo» electoral ha sido poco aireado, pese a que encarna la gran carga de desconfianza que existe bajo las palmeras del oasis político catalán. Puestos a buen resguardo los intereses partidistas, sometidos transitoriamente los instintos electorales, el Estatuto avanzó entre enmiendas, fundando naciones y matizando libertades. Fue un momento histórico, sí, pero porque también el ilusionismo tiene historia.

ABC

Sábado, 1 de Octubre de 2005

LA REBELIÓN DE CATALUÑA

M. Martín Ferrand

Únicamente los quince diputados catalanes del PP votaron ayer en contra del nuevo Estatut d´Autonomía que, con la unanimidad de CiU, PSC, ERC y EUiA, alumbró el Parlament. Es decir, que el 90 por ciento de los representantes del pueblo de Cataluña entienden que su «nación» tiene derecho a «determinar libremente su futuro como pueblo» y, de paso, a (tratar de) modificar, desde una de las 17 partes que lo integran, la naturaleza del todo que define la Constitución del 78. Algo más grave y trascendente de lo que reconocen José Luis Rodríguez Zapatero y algunos -no todos- de sus ministros y ministras.

Podría decirse, sin ninguna intención tremendista y salvando las distancias, que lo ocurrido ayer en el Parlament es una versión, más pacífica y leguleya, de la independencia proclamada por Lluís Companys el 6 de octubre del 34; pero no será por esos derroteros, tan poco políticamente correctos, por donde circule la valoración del Gobierno actual, tan sonriente como contradictorio y tan débil como encantado de haberse conocido. Quizás convenga recordarles que, ya en plena Guerra Civil, en 1937, Manuel Azaña le decía a Carlos Pi i Suñer, ante el temor de tener que abordar otra violencia provocada por la Generalitat, que «lo más discreto sería hacer responsables a los hombres y respetar la institución, al revés de lo que se hizo en el 34; pero es preciso reconocer que si llegase el caso, después de cuanto ha ocurrido en Barcelona, la institución sería difícilmente salvable». ¿Lo es ahora y en las circunstancias actuales?

La semana próxima, el nuevo texto estatutario perpetrado en el Parlament tendrá entrada en el Congreso de los Diputados y arrancará así un grave problema para la Nación -de momento, España-, un conflicto que afecta a la estructura del Estado y una situación insostenible para un Gobierno, que lo es por el apoyo del tripartito catalán y que muy irresponsablemente se ha comprometido, en la persona de su presidente, Zapatero, a reforzar en la Cámara lo que con abundante mayoría se aprueba en Cataluña. A más a más, como allí dicen, el PSOE entrará en una difícil espiral porque no le será de fácil asunción la ruptura fáctica con su, hasta ahora, fraternal PSC y el debate interno que generará el Estatut entre las distintas familias, no todas mansas y sonsas, del socialismo en el poder.

Todo ello sin considerar los contagiosos efectos que en muchas -¿todas?- de las 16 restantes autonomías producirá, siempre en la doctrina de «café para todos», el texto incuestionablemente rupturista que ha parido Cataluña. A la vista de la alarmante marcha de los acontecimientos, puede anticiparse que el muy valorado talante de Zapatero hay que empezar a entenderlo, con más precisión, como ausencia de talento.

ABC

Sábado, 1 de Octubre de 2005

DEL CAFÉ A LA FOTOCOPIA

Manuel Ángel Martín

Si en los setenta la fórmula de concordia fue el «café para todos», todo indica que ahora la máquina que trabajará a destajo para llevarnos hacia la semejanza dentro de la asimetría será la fotocopiadora. Los valencianos se adelantaron, aunque con cláusula Camps de igualación de niveles competenciales, pero el resto está a la espera de que nazca el Estatuto catalán para hacerle una fotocopia. Ni la idea ni la metáfora son mías. Andalucía es una comunidad más que histórica, sabia, de vuelta de muchas cosas y bien controlada por sus gobernantes socialistas, lo que no impide, sino que más bien provoca, el nacimiento de opiniones y foros que alertan sobre el peligro de que el gobierno andaluz no sea suficientemente reivindicativo y Andalucía se vea postergada en la carrera por no quedarse la última en esta nueva «transición», Guerra dixit. Es un sentimiento lógico que fructifica por doquier, fertilizado por el deseo de emulación y su carácter contagioso.

La plataforma cívica «Andaluces Levantaos» está liderada por cuatro personas y personajes de sobresaliente experiencia profesional y política: dos ex ministros -Clavero y Pimentel-, un ex presidente de la Junta -Escuredo- y un andalucista ex alcalde de Sevilla -Rojas-Marcos-. La plataforma ha querido actuar durante su año de vida como conciencia pública en defensa de los intereses andaluces, y, como es lógico, el presidente Chaves no les ha hecho ni caso porque considera que él se basta y se sobra para tal propósito. Al hilo del sprint final de aprobación catalana del Estatuto, los «plataformistas» han advertido de la negatividad de todos los principios sobre financiación autonómica que figuran en el mismo, aunque, de forma algo contradictoria, declaran su pretensión de que el estatuto andaluz sea fotocopia del catalán, por lo menos en lo que a financiación se refiere. Se les ha dicho que esto es inasumible porque lo de los catalanes está trufado de inconstitucionalidades, pero nadie duda de que al final se intentará reformar la Constitución, o los criterios, o se hará la vista gorda, pero algo habrá que pueda ser copiado.

Adónde nos ha llevado el café ya lo sabemos, pero sólo intuimos, con alarma, adónde nos van a precipitar las múltiples fotocopias previsibles. Quién va a renunciar a ser nación pudiendo serlo, quién va a preferir la multilateralidad a la bilateralidad, quién va a renunciar a los blindajes y a las competencias ampliadas y exclusivas. Cómo puede sobrevivir un Estado moderno y soberano ante tanto despojo ya es harina de otro costal. Pero no menos difícil va a ser cuadrar los números de la financiación si todos quieren más y nadie acepta menos. Un imposible. El café para todos es caro y quita el sueño, pero las imitaciones emuladoras conducen al absurdo. Salvo que convirtamos en dinero legal las fotocopias de billetes de euros.

ABC

Sábado, 1 de Octubre de 2005

EL PROBLEMA ¿ES DE ZAPATERO O DE MARAGALL?

Luis Ignacio Parada

«Y comparto más cosas con Pasqual Maragall. Pasqual, como las comparto voy a adquirir algún compromiso hoy aquí en Sant Jordi. Pascual: apoyaré la reforma del Estatuto de Cataluña que apruebe el Parlamento de Cataluña». Eso fue lo que dijo el secretario general del PSOE en el mitin central de la campaña de las elecciones autonómicas de Cataluña el 13 de noviembre de 2003. Y ahí empezó todo. Porque, interrumpido por los aplausos de una multitud enardecida no hizo suficiente hincapié en las condiciones. Pero sí las precisó, siendo ya presidente del Gobierno, en el Pleno del debate sobre el Estado de la Nación, el 12 de mayo de 2005. En respuesta al discurso de Durán Lleida dijo: «Apoyaré una reforma del Estatuto de Cataluña, con dos condiciones que son obvias, que van en la propia naturaleza de las cosas: respeto a la Constitución y amplio consenso, entre otras cosas porque el Parlamento de Cataluña tiene que aprobar la reforma del Estatuto por dos tercios, lo que es un amplio consenso».

No es lo mismo un apoyo genérico del secretario general de un partido a uno de sus dirigentes, hecho en una campaña electoral, que es lo que hizo Zapatero en noviembre de 2003, que un compromiso asumido por un presidente del Gobierno en un acto tan solemne como el debate anual sobre el estado de la Nación en el Congreso de los Diputados, que es lo que hizo en marzo de 2005. Si usted escucha el documento sonoro de ambas intervenciones estará en condiciones de evitar los errores a los que puede conducirle alguna interesada manipulación. Es verdad que Zapatero tiene un problema «de familia». Pero no es el cumplimiento de su palabra de secretario general de un partido en un acto electoral. Tampoco el de asumir como presidente del Gobierno un compromiso parlamentario sujeto a dos condiciones de las que sólo se ha cumplido una: la de la mayoría en el Parlamento catalán, pero no la otra, la del respeto a la Constitución. Así que el que tiene el problema es Maragall.

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