LA RAZON: Cinco Perspectivas, Cinco Sensateces

Por Narrador - 11 de Octubre, 2005, 5:37, Categoría: Texto de la Propuesta de 'Estatut'

Lo dicho: el análisis sensato de la cuestión que nos ocupa.

LA RAZON

Sábado, 1 de Octubre de 2005

ZAPATERO CONSIGUE UN PUESTO EN LA HISTORIA

Luis María Anson

Qué insensatez. Qué política disparatada. Qué frivolidad. En poco más de un año, un político indocumentado, sin experiencia alguna de mando, ha quebrado el espíritu de la Transición, ha agitado el fantasma de la guerra civil, ha colisionado frontalmente con la Iglesia, ha encendido los nacionalismos separatistas, ha devuelto a España a la penumbra internacional y ha resucitado a Eta. José Luis Rodríguez Zapatero es el caballo en la cristalería. Se le ha ido de las manos el control de la situación. Está siempre desbordado en un puesto superior a su competencia.

En lugar de defender la España constitucional y embridar a Maragall, le dio alas, le hizo promesas, aceptó insensatamente el término nación, se instaló en el todo vale, en el aquí no pasa nada, y ahí están los resultados. Los catalanes le han enviado una patata, bien hervida y envenenada, que tal vez el Estado no sea capaz de digerir y que es el primer paso decidido hacia la desvertebración de España. Si el Congreso rechaza la definición de Cataluña como nación, se desencadenará un temporal en la política de aquella región. Si lo aprueba, dentro de pocos años se planteará la reforma del Estatuto ayer votado para articular la nación en Estado. Después, se proclamará la independencia catalana desde el balcón de la Generalidad. Y a ver quién es el guapo que envía al Ejército a restablecer la legalidad constitucional. La sombra de Batet no es alargada.

Felipe González fue un hombre de Estado que defendió siempre la unidad nacional y que hubiera mantenido a Maragall en su sitio. Zapatero, desde su cada vez más alarmante incapacidad política, desde su tenaz sonrisa convexa, es el aprendiz de brujo que ha sacado de su redoma a todos los demonios familiares y ha situado al país en los caminos de la confrontación y la incertidumbre. Es la ceniza de la inteligencia política, la palabra estevada, la ocurrencia de café, el mascarón de proa, el azogue perpetuo, la invencible tendencia al escombro y al vertedero. Todo lo que toca lo jibariza. Algunos dicen que es Bellido Dolfos, otros que Don Opas. A mí me parece un cuitado que ni siquiera se da cuenta de que está traicionando a la Constitución.

Con la aprobación en el Parlamento catalán de un Estatuto, agriamente anticonstitucional, se ha quebrado, en fin, el delicado edificio de la Transición. Zapatero ha conseguido ya un puesto en la Historia. Pasará a ella como el pobre hombre de manos tartamudas que descuartizó una de las operaciones políticas más inteligentes entre las que se han llevado a cabo en nuestro país durante los dos últimos siglos. Con él se inicia, quinientos años después, la desmembración de España, la fractura de la unidad nacional. Pero aquí no pasa nada. No pasa nada. Zapatero, como la marquesa Eulalia de Rubén Darío, sonríe, sonríe, sonríe, mientras se recrea estúpidamente en el esplendor de la Moncloa. Todavía no se ha dado cuenta de que es el esplendor del incendio.

LA RAZON

Sábado, 1 de Octubre de 2005

¿PARA QUÉ UN NUEVO ESTATUT?

José Antonio Vera

Osea: que ahora va a resultar que los que no vemos necesidad de un nuevo estatuto somos unos carcas inmovilistas enemigos del pueblo de Cataluña. Me lo temía. El nacionalismo siempre termina imponiendo sus quimeras. Ya que lo siento. Lo siento porque no es sólo cosa mía. No lo digo sólo yo. Lo dice mucha gente. Vas y preguntas en la calle, y nadie lo entiende. Haces una encuesta, y tampoco. Apenas el 0,4 por ciento de los catalanes está interesado de verdad en el lío del estatuto. Es algo extendido dentro y fuera de Cataluña que, necesidad, lo que se dice necesidad de otro estatuto, no había. No hay, vaya. Podría haber necesidad de reformar alguna de sus cláusulas, algunos artículos, algunas comas. Pero no de montar este chou. No de hacer un texto enteramente nuevo. No de enfrentar a la gente por nada. No. Clamor popular no hay. Tampoco manifestaciones ni evidencias de que los ciudadanos quieran cambiar el actual marco de convivencia, que por cierto es un buen marco.

Ha sido un buen marco durante años. El estatuto hoy vigente concede a Cataluña un nivel de autogobierno espectacular. Lo dijo Pujol un día. Pujol, ¿recuerdan? Qué tiempos aquellos de Pujol. Cataluña nunca había tenido tanto poder ni tantas competencias, reconoció Pujol. Un autogobierno inimaginable hace tres décadas. Superior al que dispuso a lo largo de su historia como comunidad. Satisfactorio para la mayoría de los ciudadanos. Bien, y entonces, Pascual, ¿por qué? Pues porque hay una clase política que sí tiene necesidad de más poder. ¿Y para qué? Para dar salida a las apetencias políticas de esa clase política. ¿Y a cuento de qué? A cuento de que con el cuento de las competencias, lo que quieren es avanzar hacia la independencia.

Al fin y al cabo, el problema de verdad, es que hay unos políticos que quieren la independencia. No lo he soñado ni me lo he inventado esta mañana porque sí. Lo dicen ellos mismos. Lo dice Carod Rovira. Lo dicen los nacionalistas. Lo dicen los que han pretendido redactar una carta constituyente disfrazada de estatuto. Los que han planteado un articulado claramente inconstitucional, a sabiendas de lo que hacían. Los que reclaman un Estado federal, siendo conscientes de que lo que piden no tiene nada que ver con el Estado federal.

Hombre, hablemos con propiedad. Una federación es Estados Unidos. También Alemania o Australia o Canadá. Pero tanto Estados Unidos como los demás son una nación. Una nación unida por importantes instituciones federales que están siempre por encima de los gobiernos periféricos. Una nación con bandera, gobierno, ejército y diplomacia. Justo lo que aquí cuestionan algunos de los que nos han metido en el laberinto del estatuto. Porque lo que están planteando de verdad no es un Estado federal. Es una Confederación de Estados independientes, a saber: España por un lado, y Cataluña y el País Vasco, por otro. Por eso insisten en que Cataluña tiene que quedar definida como Nación. Porque hay que ser Nación para aspirar a ser Estado. Y el objetivo es articularse como Estado. Y para lograrlo hay que dejar al Estado central sin competencias en Cataluña. Justo lo que pretende el estatuto. Hay que tener financiación propia e independiente. Lo que plantea el estatuto. Hay que decir que la soberanía recae en el pueblo catalán. Lo que quiere el estatuto.

El problema es que todo eso difícilmente puede ser asumido. Es complicado. Es peliagudo aceptar el planteamiento de los derechos históricos de Cataluña, que lo que al fin y al cabo pretenden es remarcar la preexistencia de la nación catalana. Es impropio de un Estado unitario que se considere requisito fundamental el conocimiento de la lengua catalana para poder ejercer de juez, registrador o notario. Es increíble que se pretenda la desaparición de facto del Estado central. Que el Estado no tenga intervención alguna en la Educación. Que no haya escuelas en las que la lengua vehicular sea el castellano. Es inaceptable que se autoconcedan el derecho a tener selecciones deportivas nacionales con posibilidad de participar incluso en las Olimpiadas bajo bandera catalana. Que se apropien de las competencias sobre el agua. Que establezcan que la última instancia judicial deben ser los tribunales catalanes. Todo eso es incomprensible desde el punto de vista de la Constitución de 1978. Como lo es que se suprima la legislación básica del Estado o que pretendan tener circunscripción propia en las elecciones europeas o que quieran recaudar todos los impuestos, sin excepción, para darle luego al Estado lo que ellos estimen.

Como bien dice Vidal-Quadras, estamos ante un proyecto delirante. Pero es lo que quieren. No quieren un nuevo estatuto para que sus ciudadanos vivan mejor, sino para tener ellos más poder. Para mandar más. Para avanzar hacia la independencia. Para eso quieren el nuevo estatut. Para eso.

LA RAZON

Sábado, 1 de Octubre de 2005

NACIÓN CATALANA: TODO ES PREVISIBLE

José Luis Requero (Magistrado y vocal del CGPJ)

Que España sea plural no debe llevar a la tontuna de España como «nación de naciones», a una especie de ONU u organización de las naciones (ibéricas) unidas

Sólo la frivolidad pudo hacer que todo un presidente del Gobierno el 17 de noviembre de 2004 y en el Senado dijese aquello de que nación o nacionalidad son conceptos discutidos y discutibles; sólo la irresponsabilidad explica que se tolere en Cataluña la redacción de un texto, asimilable al plan Ibarreche, que no es un proyecto de estatuto sino de constitución de un nuevo Estado y que ya de por sí supone el ejercicio de autodeterminación. Y sólo la insensatez puede llevar a contemplar esto –desde la más alta responsabilidad del Estado– afirmando: «la democracia es imprevisible»; lo será, pero no los independentistas.

Ya han dicho los independentistas por activa, pasiva y por perifrástica que tras su reivindicación del nombre «nación» para Cataluña o País Vasco, lo que vendrá será la constatación de que cuentan con una organización política que da forma jurídica a esa nación y eso es lo que en los manuales de Derecho se llama Estado. También está en esos manuales que soberanía y nación vienen a ser lo mismo, que nación implica un sujeto jurídico y político –el pueblo–, de quien emanan los poderes del Estado, de ahí que la soberanía radique originariamente en el pueblo español y esa soberanía que le corresponde lo es de manera exclusiva e indivisible, por eso no puede una parte del pueblo español –el catalán o el vasco– proclamar su propia soberanía frente al resto. Me corrijo, no lo hace una porción del pueblo español, sino unos políticos que en su ambición fraccionan la soberanía y el poder constituyente.

Las comunidades –creaciones de la Constitución– carecen de poder constituyente, no hay un poder de tal naturaleza de base regional, de ahí que sea el Estado quien les da poder jurídico. Cuando se arbitró el término «nacionalidades» como diferente de «regiones» se buscó, de manera bastante ridícula, dicho sea de paso, un término parecido al de nación, que no significase lo mismo y diferenciase a ciertos territorios de las regiones puras y duras. Había riesgo de un corrimiento de conceptos y que «nacionalidades» llevase a «naciones», pero ¿quién iba a sospechar que fuese el propio presidente del Gobierno quien los confundiese? Así se ha dado cobertura al despropósito estatutario de que ya no haya una nación titular de un poder constituyente originario, de quien emana la construcción jurídica y la legitimación del Estado, sino que haya naciones o pueblos soberanos dentro de España que ejercen un poder constituyente propio.

Que España sea plural desde el punto de vista cultural, lingüístico o sociológico, no debe llevar a confundir esa variedad con la existencia de pueblos distintos, luego de naciones distintas con su propia soberanía, ni a la tontuna de España como «nación de naciones», a una especie de ONU u organización de las naciones (ibéricas) unidas. Hay una realidad cultural e histórica común, que lleva la idea de España como «empresa común» dentro de la variedad, lo que explica que sea el propio Estado el que respete esas diferencias dándoles forma jurídica para gestionar sus intereses.

Como decía antes, sólo la frivolidad explica que el presidente del Gobierno dijese que nación o nacionalidad son conceptos discutidos y discutibles. Nación desde luego no lo es, sí el de nacionalidades, pero al final resulta que todo da lo mismo: una parte de España se erige por sí en nación y quien debe velar para que eso no sea así, sólo llega a excusarse diciendo que estamos ante conceptos discutidos y discutibles. Y, además, sentenció en esa comparecencia senatorial aconsejando que «conviene abandonar el fundamentalismo».

Como se ve las palabras no son inocentes. Llamar matrimonio a lo que no es, trae sus consecuencias; llamar nación a lo que no es, trae sus consecuencias, decir que el concepto de nación carece de contenido o que es discutible, a gusto del momento político, trae sus consecuencias: por lo pronto lleva al régimen constitucional, al Estado, a una crisis sin parangón. Esta crisis de momento está en los periódicos, en las declaraciones irresponsables de algunos y el pueblo, por ahora, contempla todo entre escandalizado, ausente, adormecido o en estado lanar. Pero las palabras transforman las vidas. Al tiempo.

LA RAZON

Sábado, 1 de Octubre de 2005

BONO I EL CATÓLICO   

Julián Lago

Así que José Bono, que en la juventud militó con piadoso fervor en el materialismo científico de Tierno Galván, ha ido deviniendo en «un católico a machamartillo », que diría don Marcelino Menéndez Pelayo. Por lo que, en buena lógica, Bono dice confiar en la Providencia para resolver los asuntos políticos, léase la reforma del Estatut de Sau ya aprobada en el parlament.

A Zapatero I el de las Mercedes, con que Luis María Anson ha bautizado con fortuna al presidente socialista, le acompaña ahora Bono I el de los Milagros, o, si quieren, Bono I el Católico. De modo y manera que el bueno del titular de Defensa se ha encomendado a la patrona de su pueblo, a quien reza cada noche, en la confianza de que la Virgen de Cortes dé un corte de mangas al tripartito. Es decir, que Bono, que está dispuesto incluso a reconciliarse con Guerra con tal de que Maragall no se salga con la suya, parece que sólo espera ya la aparición en carne mortal de la Virgen de Cortes en el Congreso de los Diputados.

Pues eso, que el ministro Bono no parece conocer qué hay detrás de las tensiones en despachos y carreras por los pasillos del hemiciclo catalán, más allá del relato mediático del trajín. «Si CiU apoya la reforma, por algo será », ha venido a decir Bono para explicarse el calentón de sensatez que de pronto le dio a Mas. Casualmente tras su visita, por cierto conocida a posteriori, a Moncloa, donde se comprometió a flexibilizar la postura de su federación nacionalista en materia de financiación, por ejemplo.

¿A cambio de qué? Pues a cambio de que el gobierno de la Nación no modifique esta legislatura la actual ley electoral con que se premia a las minorías nacionalistas, que es como garantizarle que CiU no perderá en el Congreso el plus de escaños que perdería de modificarse la ley del puñetero señor D ´Hont. Vamos, que de la misma forma que Guerra consensuaba con Abril en el restaurante «José Luis » la Constitución mientras los ponentes polemizaban en la Carrera de San Jerónimo, Zapatero ahora ha consensuado bajo cuerda con Mas su apoyo al proyecto de Maragall. O sea, que no es que Bono I el Católico se fíe de la capacidad transacional de ZP sino que cree en las virtudes taumatúrgicas de sus invocaciones marianas. De la Virgen María, que no de Mariano (Rajoy), claro.

LA RAZON

Sábado, 1 de Octubre de 2005

¿QUIÉN DEFIENDE EL ESTADO?

José M. Carrascal

El Estado español es objeto de un doble asalto. Por el sur, físico, al estilo de las acometidas a las fortalezas medievales. En el norte, político, con estatutos que no se limitan a cambiar la naturaleza de un determinado territorio, sino que buscan cambiar la naturaleza del propio Estado. Y no hace falta ser un experto para darse cuenta de que este doble asalto tiene lugar porque los asaltantes se dan cuenta de la debilidad de quien tiene el deber en defender la soberanía nacional: el gobierno. Ha sido la actitud pasiva, comprensiva incluso, del presidente con los asaltantes, lo que les ha animado a lanzarse en busca de las mayores ventajas. Marruecos nunca ha ocultado sus reivindicaciones sobre Ceuta y Melilla, y los subsaharianos le sirven de ariete contra ellas, justo cuando uno de los principales asesores del presidente en política internacional, Máximo Cajal, aboga por abandonarlas. Ninguna oportunidad tendrán mejor que ésta.

Otro tanto ocurre con los nacionalistas del norte. El nuevo estatuto catalán no es el estatuto de Maragall, ni el de Mas, ni el de Carod. Es el estatuto de Zapatero. El presidente lo inspiró al prometer que aceptaría lo que llegara suficientemente avalado por el Parlamento catalán. El presidente lo empujó al decir que el término nación es discutido y discutible. Y el presidente lo cerró, multiplicando sus encuentros con unos y otros para ponerlos de acuerdo. Es su hijo, tanto o más que el de los nacionalistas, que no iban a ser menos que él. Ahora bien, ¿es también el hijo de su partido? Es la gran pregunta a debatir y dilucidar durante los próximos días, semanas y meses. ¿Qué opina el PSOE de que una comunidad española se autoproclame nación? ¿Está de acuerdo con que se rompa la caja común y dicha comunidad recaude todos los impuestos, para ceder al resto lo que le parezca oportuno? ¿Acepta que el Tribunal Supremo catalán sea la máxima instancia judicial en aquel territorio? ¿Consiente la plena transferencia de cajas de ahorro, comercio, puertos, aeropuertos e inmigración? ¿Admite que el catalán sea idioma oficial en todo el territorio español y que todos los residentes en Cataluña, incluidos los funcionarios del Estado, tienen el deber de saberlo? Porque si admite todo esto, más otros muchos puntos de dudosa constitucionalidad en el nuevo estatut, mejor que deje de llamarse PSOE, para incluirse en el PSC, que ya lo ha aceptado. Que Zapatero lo acepta lo sabemos por sus palabras, hechos y silencios. Vamos a ver si lo acepta su partido, que tiene ahora la palabra y el voto. Pues no vale encomendarse a la Virgen de su pueblo, como hace Bono. Aquí no necesitamos milagros. Necesitamos políticos que crean lo que dicen y hagan lo que creen, incluida la dimisión, para demostrarlo. Aunque ya sé que es mucho pedir.

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